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Portada  |  08 enero 2020

"Yo soy El Perro de la Carlos Gardel", otra confesión con Mauro Szeta

Esta es la historia de El perro de la Gardel”, un detenido de 40 años que fue condenado por portación de armas a 4 años de prisión y que lleva detenido tres años y seis meses. Tuvo cuatro causas anteriores. Y te cuenta a Mauro Szeta cómo fue que llegó a estar preso.

Claudio Lobertini creció en San Martín, hasta los seis años de edad estaba convencido que su abuela era la madre. “Para mí, hasta ese momento, mi mamá era mi hermana”, recuerda. Hasta que le contaron la verdad y su madre se lo llevó a vivir con ella a Devoto. Tiene nueve hermanos.

Al poco tiempo de convivir con su madre, a la mujer le sucedió un terrible accidente: intentó conectarse de forma ilegal a la red eléctrica, lo que generó una explosión por la que quedó al borde de la muerte con más del 60 por ciento del cuerpo quemado.

Con su madre al borde la muerte no tenía nadie que pudiera hacerse cargo de él y lo enviaron a vivir a un hogar de tránsito. Durante tres años vivió en custodia de esa institución y no recibió visita alguna; allí comenzó a ir a la escuela pero nunca aprendió a leer ni escribir. Ya con nueve años de edad, su madre volvió a buscarlo.

“Me acuerdo que apareció con toda la cara vendada, yo no la reconocí”, cuenta. La mujer lo retiró y lo llevó a vivir con ella.

“Cuando volví a vivir con mi vieja ya nada era lo mismo, yo me empecé a escapar y ahí comencé a robar. Me acuerdo que me metía en las obras de construcción y me llevaba las herramientas de los empleados”, dice.

Pasaba las horas en la calle con otro grupo de chicos que se dedicaban a delinquir: “para esa época la bandita tenía nombre, nos decían Los Toledo. Éramos todos pibitos que estábamos todo el día bardeando, le robábamos a todos. Por ejemplo pasaba una parejita y le sacábamos todo, éramos un cachivache”, recuerda.

A los 12 años de edad tuvo su primera arma. “Lo primero que quisimos robar cuando tuve el arma fue un banco que estaba en Carabobo y Rivadavia. Era de noche, rompimos la vidriera y nos agarraron; después empezamos a robar locales de todo tipo, de caño o metiéndonos por el ventiluz”, asegura.

“Una cosa que me gustaba hacer era ir a hacer bardo y buscar pelea, yo iba con la camiseta de All Boys y me iba a la cancha de Comunicaciones; o con la de Comunicaciones a la de Lama; lo hacía porque me gustaba pelear. Imaginate que me decían “whisky”, porque era chiquito pero pegaba fuerte.”, recuerda.

Siempre llevaban navajas para pelear con su grupo de amigos, una pelea en la Plaza Flores cuenta que apuñaló a otro chico y lo mató instantáneamente, era 1994. Por ese hecho fue detenido a un Instituto de Menores, de ahí se escapó a los dos meses. Fugado, volvió a delinquir: ahí el objetivo fueron los taxistas. Pasó un tiempo viviendo prófugo hasta que lo volvieron a detener.

A los 16 años, el dueño de unos videojuegos adonde él iba a pasar día, y quien muchas veces le daba de comer a Claudio, solicitó hacerse cargo de él y adoptarlo. Fue a vivir con él y su pareja, pero a los siete meses se metió en un colegio privado para pelear con un alumno que le había gritado desde la calle, “subí y le rompí un banco de la escuela en la cabeza; lo tuvieron que internar. Yo tenía la ropa llena de sangre, volví a la casa y decidí irme a vivir a Capilla del Monte. Ahí viví tres años”.

Vivió unos meses sin robar pero la tentación pudo más que él, con unos compañeros decidió desvalijar un local completo de electrodomésticos. Luego de tres años, volvió a vivir a Buenos Aires. Regresó a San Martín, intentó ordenar su vida.

Empezó a trabajar en una textil pero renunció al poco tiempo. Volvió a juntarse con viejos conocidos y empezaron a hacer salideras de bancos. “Eran todos entregados, una vez uno se complicó y para poder escapar le tuve que meter un tiro a un cobani y casi lo mato”, recuerda. Estuvo detenido 7 años por ese hecho, “en la cárcel tuve que pelear por mis cosas, recibí muchísimas puñaladas, pero yo me cargué a más de seis”, dice sin remordimiento.

Una vez que salió, fue a vivir a la Villa Carlos Gardel. Ya tenía 27 años. “Me decían El Perro porque tengo un carácter muy fuerte, yo salía con el fierro y tiraba al aire y gritaba que el que quisiera morir que pasara por mi casa”, cuenta.

Su apodo además responde a un rictus que tiene sobre la comisura del labio superior que se asemeja a un perro que quiere atacar. “Yo fui una de las personas más peligrosas de La Gardel, los transas me pagaban protección para laburar tranquilos. Calculá que me llevaba 25mil pesos por día sin hacer nada. En esa época salía a robar una vez por año, porque no necesitaba”, asegura.

“A mí es muy difícil reconocerme porque cambio todo el tiempo de aspecto, nunca tengo el mismo look para que no me reconozcan, por eso no me importa salir en la tele porque ninguno de los que le robé me puede reconocer”, dice con jactancia.

En 2008 formó parte de una banda de secuestradores que raptó más de 150 personas, “teníamos secuestrados por todos los rincones de la villa: en los techos, debajo de los tanques, por los pasillos. Caímos por el secuestro de unos brasileños y volví a prisión”, cuenta con grandilocuencia.

Ahora está detenido por una portación de arma de guerra que asegura no pudieron comprobar. Actualmente camina con una muleta porque recibió tres tiros (dos en la espalda y uno en la cadera) y le generó un problema en la motricidad.

“Si pudiera cambiar miles de cosas de mi pasado las cambiaría. Yo era devoto de San La Muerte (dice tener un hueso tallado con la insignia del santo en una costilla), y ahora hace 5 años cuando me estuve por morir conocí a Dios. Me arrepiento hoy de todo, nada valió la pena, tengo una fama y nada más”, asegura.

Tiene nueve hijos, cinco de sangre y cuatro de su actual pareja, a quien cuida como propios.

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