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Informes Especiales

Portada  |  27 febrero 2019

Le robó hasta a narcos para poder consumir: otra confesión con Mauro Szeta

Está condenado a 32 años de cárcel por homicidio, aunque clama su inocencia.

Matías Alejandro Coronel tiene 30 años y está detenido en una causa por resistencia a la autoridad, lesiones y homicidio simple desde hace tres años, aunque su condena es a 32 años y seis meses de prisión.

La primera vez que robó tenía 16 años y ya a edad recuerda que sus amigos robaban y se burlaban de él. Así empezó, quizás, para ganarse el respeto de los demás porque dice que “no quería ser menos que ellos”. Aunque su familia le pedía que por favor no robara, pero Matías nunca los escuchó. Con los robos llegó la droga y un raid delictivo tan oscuro como peligroso.

Junto a un grupo de cuatro amigos armaron una banda con la que compraban todo tipo de armas y salían a robar. “Nos tomábamos un bondi a Garín y nos metíamos a robar un supermercado”, cuenta sonriente. Durante dos años hizo entraderas, robó quioscos y autos. A esa altura ya se había tiroteado una vez con la policía, pero zafó.

En el año 2009 terminó detenido con 20 años por una tentativa de robo y dos años después quedó libre. Al mes de salir de prisión su novia, en medio de una discusión, le dio un escopetazo en la pierna izquierda y se la voló. Actualmente tiene una pierna ortopédica y se mueve en muletas.

“Después que perdí la pierna nadie quería robar conmigo porque yo era una mochila. Ahí me las ingenié, me organicé y decidí empezar a robar a los narcos, como se dice en la jerga, trabajar prolijo”, cuenta.

Se compró tres chalecos y le hizo estampar atrás “drogas peligrosas”, también compró tres colgantes con chapitas de la policía a unos manteros de Plaza Once. Tenía dos cómplices que durante los fines de semana hacían logística para caerle a los transas. Luego, caían con los autos disfrazados de policías y los saltaban. Esto lo hizo durante cinco años. Esto le trajo varios inconvenientes cuando volvió a caer detenido.

Por los robos a los narcos en la cárcel lo intentaron matar a puñaladas. Tiene todo el cuerpo tatuado, inclusive la cara: en el brazo tiene un tatuaje que representa “muerte de policía”. Algunos dibujos son por su devoción a San La Muerte. “Yo le daba sangre cortándome las venas”, sostiene. Y agrega: “Cuando salí en libertad, le prometí a San La Muerte que le iba a dar sangre de otro y no cumplí, por eso me trajo acá de vuelta”.

Lo que Matías atribuye a una venganza de su santo, fue un homicidio en medio de una pelea. Su padre se dedicaba a vender autos usados y una discusión con un comprador terminó a las trompadas. Su hermano tomo un cuchillo y lo mató de una puñalada. Matías y su padre quedaron detenidos, su hermano en libertad. “Mi hermano nunca me mandó un paquete de cigarrillos, tengo mucha bronca. Lo único que quiero contar es que soy inocente del homicidio: el autor fue él.

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