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Portada  |  07 octubre 2019

#Rezadores Cinco historias de fe en la Peregrinación a Luján

Tienen historias diferentes. Sin embargo, hay algo que los une. Sus vidas cambiaron de un día para otro. Como si fuera un punto y parte. Un antes y un después. El antes fue una angustia que los abrumaba. El después, el abrazo a la religión. Por eso el sábado último los encontró juntos, participando de la 45 Peregrinación a Luján. Algunos para agradecer. Otros para pedir. Todos, para rezar.

La vida de Patricia, de Quilmes, está atravesada por el problema de adicciones que sufre uno de sus hijos, Emanuel, de 39 años. Eso la llevó, a sus 57 años, a caminar los 60 kilómetros que separan la Iglesia de San Cayetano, en Liniers, de la Virgen de Luján. “No quiero que me traigan a mi hijo muerto, cosa que va a pasar si sigue en la calle y con la droga”, contó.

La desesperación de ya no saber qué hacer la empujaron a aferrarse a sus creencias religiosas. No hay noche que no rece pidiendo por su hijo. “Yo creo que de esta manera lo protejo para que no le pase nada malo”, cuenta.

Para Rita, en cambio, es una celebración participar de la peregrinación. Es que ella lo hace en agradecimiento porque su hijo se curó de un tumor en la cabeza con un pronóstico muy malo. Por eso está convencida de que hubo algo más que la medicina. Lo asocia a un milagro de la Virgen de Luján. Ya lleva 12 años yendo a agradecerle. 

Alejandro, en cambio, todavía espera. Su motor también es su hijo, que nació con autismo. Hace años que prueba, sin éxito, con distintos tratamientos. Resignado, decidió aferrarse a la fe. Reza todos los días. Y, una vez por año, junto a un amigo camina hasta la Virgen de Luján. “El no habla, pero entiende todo. Así que le conté que venía a Luján caminando para pedir que pueda ser como cualquier chico”, explica Alejandro.

La relación de Matías con la religión comenzó cuando su madre mostró signos de algo que aparentaba ser un problema de salud. Si bien todo resultó una falsa alarma, su apego por la fe sigue adelante. Matías adoptó la costumbre de rezar. “Ya es un modo de vida. Rezo por mí y por toda mi familia”, dice.

Lo de Verónica es más grave. Lo suyo ya no tiene solución. Se trata de su sobrina, Tamara Salas, quien murió el 30 de julio pasado después de que su ex pareja la baleara en el ojo, en un caso que ocurrió en Tucumán pero que conmocionó a todo el país. Verónica sabe que ya no hay nada que le devuelva a Tamara con vida. Lo único que le queda es exigir justicia. Por eso camina. Y reza.

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