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Portada  |  31 marzo 2020

Buscan salvar al sospechoso número 1 del coronavirus: un santuario de pangolines

"No podemos mantenerlos por más de unos pocos días. No se alimentan, mueren de estrés, gastritis y otros problemas que aún no conocemos".

Su silueta prehistórica es difícilmente perceptible cuando avanza lentamente a través de los árboles del bosque ecuatorial de África Central, pero a los rastreadores le alcanza el susurro de las escamas que acarician las hojas para detectarlo.

Contra los depredadores, el torpe pangolín de cola larga dispone de un mínimo arsenal, el camuflaje de sus escamas marrones y el pequeño tamaño de su cuerpo.

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El pangolín, el mamífero más cazado del mundo, es víctima del intenso tráfico en el continente africano.

Cada año se cazan entre 400.000 y 2,7 millones de pangolines en los bosques de África Central, según un estudio internacional publicado en 2017 por la revista Conservation Letters.

Para peor, investigadores chinos sospechan que el mamífero transmitió el nuevo coronavirus a los humanos en un mercado de animales vivos de la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en el centro de China.

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Escamas a precio de oro

Los bosques del Parque Nacional Dzanga-Sangha, en el extremo suroeste de la República Centroafricana, son el último santuario de vida animal en un país devastado por la guerra civil, y uno de los pocos refugios en el mundo para este mamífero en peligro de extinción.

La carne del pangolín es apreciada por su sabor, y sus escamas son codiciadas por la medicina tradicional china, que le atribuye virtudes terapéuticas no probadas y muy controvertidas.

Un equipo dirigido por la veterinaria suiza Maja Gudehus se encuentra en Dzanga-Sangha para estudiar pangolines en su entorno natural, para comprenderlos y protegerlos mejor, un proyecto de investigación único en el continente.

Porque a pesar de la notoriedad adquirida con todas sus desgracias, el pangolín es prácticamente un desconocido para los científicos, que ignoran casi todo de la longevidad, territorialidad, hábitos alimentarios y reproducción del animal.

"Casi no hay datos sobre el pangolín de cola larga, y apenas sobre las otras especies africanas", explica Gudehus, mientras observa un ejemplar que se mueve en la copa de un árbol.

Difícil de estudiar

El animal, que se paraliza y se convierte en una bola de escamas en presencia del peligro, es particularmente fácil de capturar, pero es uno de los más difíciles de estudiar en cautiverio.

"No podemos mantenerlos por más de unos pocos días. No se alimentan, mueren de estrés, gastritis y otros problemas que aún no conocemos", dice Gudehus.

Por lo tanto, la única solución es "monitorear" día a día algunos especímenes bien identificados, con la ayuda de pigmeos en la región.

La experiencia de los pigmeos Baaka, profundos conocedores de los bosques, es esencial para rastrear a estos animales frágiles y temerosos.

De los tres ejemplares estudiados recientemente, el primero ha desaparecido y el segundo ha sido víctima de un parásito previamente desconocido.

"Por lo general, puedes sentir cuando un animal está mal. Pero los pangolines pueden morir en media hora sin que tengas tiempo de notarlo", dice Gudehus.

Gudehus vive en una pequeña cabaña asediada por el bosque que es a la vez su hogar y su laboratorio. En la cabaña se amontonan libros científicos y cajas de equipo médico, entre la cama del campamento y el microscopio.

No es suficiente para mellar la moral de esta científica apasionada. "¡Todo queda por descubrir! Las principales referencias científicas son los trabajos de Elizabeth Page, escritos en 1940. Es realmente extraordinario que se haya investigado tan poco hasta ahora ¡Tenemos que darnos prisa!", dice entusiasmada.

Informantes

"Antes, veíamos muchos pangolines", dice Didon, uno de los mejores rastreadores de los Baaka en la región. "Ahora se han vuelto raros", añade.

E incluso si las cuatro especies presentes en la República Centroafricana están protegidas, la ley es muy difícil de aplicar, ya que dos tercios del territorio están en manos de grupos armados rebeldes.

"A diferencia de los elefantes, los pangolines son muy difíciles de rastrear, y es raro poder detener a los cazadores furtivos durante la caza", explica Luis Arranz, a cargo del parque nacional de la oenegé WWF. "Debemos confiar en las incautaciones y en nuestros informantes", señala.

En algún lugar de las oficinas del parque, basta empujar una puerta de metal para tener una idea de la escala del tráfico: las cajas en los estantes se desbordan con escamas destinadas al mercado chino.

Es un botín estimado en varios cientos de miles de euros. "Aquí, mucha gente hace esto", dijo un cazador local, que pidió no ser identificado.

"Una olla de escamas de pangolín se vende por unos 30.000 francos CFA (unos 45 euros). Si hubiera trabajo aquí, la gente no cazaría", afirma. (AFP)

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