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Informes Especiales

Portada  |  03 septiembre 2019

"Yo y mi mujer", otra confesión desde la cárcel con Mauro Szeta

Te presentamos la historia de Antonio Pelegrno Gallucio Sai, alias “Viejo Larry”. Tiene 52 años y está condenado a reclusión perpetua por homicidio doblemente calificado con alevosía y criminis causa. Lleva 8 años detenido.

Se crió en Lanús, su padre tenía una empresa dedicada a hacer picanas eléctricas para usar en el campo; por su alcoholismo los socios lo apartaron y terminó siendo empleado. Su madre era ama de casa hasta que tuvo que salir a trabajar como empleada doméstica cuando el padre entró en desgracia. Antonio presenció muchas veces maltratos verbales y físicos del padre. Tuvieron tres hijos, Antonio fue el del medio, ninguno de los otros dos delinquió.

Antonio cursó el primario y el secundario con normalidad; se recibió de dibujante publicitario pero no llegó a ejercer, “es que pagaban dos mangos, no me servía, yo quería tener mis cosas. Así que me dediqué a ser chorro. Arranqué a drogarme con pastillas, marihuana y después vino la merca que me arruinó. Vivía de gira, yo no tenía un mango y alrededor mío había todos pibes de guita, yo quería plata y arranqué a cortar autos; de ahí pasé a hacer raid delictivo, arrancábamos una avenida y la pelábamos completa, imagínate que robábamos avenida Mitre desde Avellaneda a Wilde”, cuenta.

Cuando empezó a robar lo hacía diariamente, a los 22 años para salvar su vida tuvo que tirotearse con un custodio de una curtiembre, “no lo maté, pero le di varios tiros”.

“Después de los raids y los autos, pasamos a hacer salideras bancarias y al tiempo blindados. Yo robaba con La Garza Sosa (era mi cuñado), con Murdock, con Tractorcito; con el que nunca robé es con el Gordo (Valor) porque para mí siempre fue un cobani”, la bronca con Valor era tan grande que ni siquiera aceptaba compartir pabellón con él.

Se tiroteo varias veces con la policía, una de ellas fue tras un robo al Banco Itau de Rivadavia al 7000.

Su primera mujer delinquía junto a él, los dos cayeron detenidos. Ella salió antes de prisión y volvió a robar con otro grupo, durante el asalto a una financiera la mató la policía. Pasó más tiempo en prisión que afuera, en la cárcel perdió un pulmón y fue apuñalado varias veces.

En el 2001 empezó a secuestrar, “se hacía un par de días de logística y le caíamos a la víctima; si el pibe era del mismo barrio que yo, se lo entregaba a otro y ese me daba una parte de la guita. En un secuestro llegamos a sacar 1 millón de pesos. Nunca me dio pena un secuestrado porque siempre fueron gente de mucha guita”, dice.

En el 2004 se fugó de la comisaría 1ra de Lanús cortando una reja de un patio, estuvo prófugo 1 año y medio. Estando prófugo asaltaron un camión de pilas en Barracas y, luego de una balacera infernal, lo agarró la policía.

Estando preso en Campana conoció a su última mujer. Por intermedio de ella se empezó a relacionar con punteros políticos quienes empezaron a contactarlo para robar para la política.

“Nosotros nos vestíamos como policías y cortábamos los camiones que traían las drogas oncológicas pagadas por el Estado cuando cruzaban el puente Zarate-Brazo Largo; los datos nos los daba una puntera política que después fue concejal, por cada camión nos quedábamos 4 millones de pesos”, cuenta. Esta mujer decidió no pagarle uno de los camiones y él fue a buscarla para reclamar su parte, “la encontré a la madre y me dio una plata, al otro día apareció asesinada la madre y me acusaron a mí, yo no lo hice”, asegura.

Tiene HIV desde hace 30 años, actualmente vive en un pabellón de población. No tuvo hijos y su familia no lo visita.

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