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Informes Especiales

Portada  |  13 marzo 2019

"Yo vivo con mi papá en la cárcel"

A los 11 años cometió su primer robo. Desde entonces su vida fue una carrera constante en el mundo del delito. Informe con Mauro Szeta.

Su primer paso era entrar a una casa. El segundo buscar a algún chico, tomarlo del cuello, taparle la boca con una mano y con la otra apoyarle el caño de la pistola en la cabeza. El tercero, torturar a los padres siempre con el mismo latiguillo: “Díganme donde está la plata o les mato al guacho”. Y el último, si no había resistencia, escapar con el botín.

Así, con ese “modus operandi”, Jonatan, de 26 años, robó durante mucho tiempo. Pero ahora está rodeado de rejas. La policía lo detuvo hace 11 meses, cuando intentaba escapar y la moto se le quedó sin nafta. En una celda de la Alcaldía 3 de Melchor Romero espera el avance de la causa que se le sigue por “robo agravado por el uso de arma”.

No es la primera que tiene. Su relación con el delito empezó hace mucho. De alguna forma, cuando todavía estaba en el vientre de su madre. Es que la única “profesión” que le conoció a su padre es la de asaltante. Hace unos años hasta compartieron una misma celda en una unidad penitenciaria.

Jonatan honró el famoso dicho “de tal palo, tal astilla”. Y lo hizo rápido. Con apenas 11 años se fue de su casa de Berazategui a vivir a la calle. Y enseguida compró una pistola calibre 22, reunió a tres amigos y juntos hicieron su “bautismo de fuego”: entraron a un ciber, obligaron a los presentes a tirarse al piso y les robaron todo el dinero.

Desde entonces su vida fue una carrera constante en el mundo del delito. Aunque hubo un episodio que le marcó la vida. Ocurrió cuando tenía 17 años y, en medio de un baile, sufrió una agresión con una botella que le costó la pérdida de un ojo. Primero entró en un pozo depresivo que lo llevó a tener tres intentos de suicidio. Y después en una espiral de violencia que derivó el feroz asaltante que terminó siendo.

Con chalecos antibalas y pistolas que, según dice, compraba a algunos policías, se dedicó a robar en casas. A veces al estilo “entradera” –interceptando a los dueños cuando salen o ingresan- y otras con el “más sutil” del “escruche”, colándose durante la madrugada por alguna puerta o ventana.

“Muchas veces la gente estaba durmiendo. Entonces caminaba despacito y los despertaba con el fierro en la cabeza”, recuerda Jonatan, quien se jacta de que cada vez que se resistía alguno “les disparaba un balazo en la gamba". "Si se resisten, me parece bien”, dice.

Por eso, para él, el mejor método era buscar a algún chico. Apuntarle a la cabeza y después exigirles a los padres que le entregaran el dinero y todo lo que tuvieran de valor en la casa.

“Si le apuntaba al padre me la iba a hacer larga. En cambio, de esa forma te dan todo enseguida”, cuenta, mientras le retumban en la cabeza los gritos, el llanto y los ruegos de esos chicos que se veían cara a cara con la muerte.

Dice que se arrepiente tanto de haber “verdugueado” a mucha gente como de “no haber aprovechado la plata” que obtuvo con los robos. También asegura que el reciente nacimiento de su hijo, Loan, le cambió la vida. Y que cuando salga quiere tener un trabajo legal. Pero que si alguna vez entran a su casa a robar y le apuntan con un arma a su hijo, no tiene dudas de qué haría: “los mato uno por uno”.

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