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Informes Especiales

Portada  |  07 marzo 2019

"Yo soy campana": una nueva confesión con Mauro Szeta

Tiene un rol clave en los delitos, pero a la vez pasa desapercibido.

Una banda delictiva es como una empresa. Cada uno tiene un rol. Está el que hace la inteligencia, el que se ocupa de la logística, el que concreta el asalto y también está “el campana”, el que sigilosamente observa todo desde un lugar estratégico y avisa a sus cómplices en caso de que llegue la policía o vea alguna situación extraña.

A eso se dedica Titi, un tucumano de 32 años que dio sus primeros pasos en el mundo del delito en su tierra natal, cuando era un chico y trabajaba como correo para una banda de narcotraficantes.

Lo hizo durante años. Incluso mientras cursaba en la universidad. Tenía una doble vida: a la mañana era dealer y por las tardes, estudiante.

La muerte trágica de sus padres –él se suicidó y a ella la mataron lo impulsó a marcharse de Tucumán. Primero recaló en Entre Ríos y después en Buenos Aires, donde entró en contacto con el mundo del delito y se recibió de “campana”.

Su rol es clave, porque también se ocupa de la inteligencia previa a los robos contra comercios, aunque en su mayoría son joyerías. “Hay que estudiar mucho la situación –cuenta-. Si yo no estoy ahí no funciona el robo”, agrega Titi, quien entre sus herramientas siempre llevaba un cronómetro para calcular el tiempo en que debían cometer el asalto.

Una parte importante del botín le correspondía a él. Así tuvo su casa y su auto. Todo gracias a su poder de observación. Gracias a eso evitó varias caídas de sus cómplices. Una vez, durante un asalto en Quilmes, unos policías llegaron inesperadamente al local para pedir comida.

Y como no pudo avisarles a tiempo a los integrantes de la banda, se produjo un tiroteo. Finalmente, todos escaparon. Ahí siguen. Viviendo del delito. Y él, como “el campana”.

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