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Portada  |  18 septiembre 2019

"Yo no soy ningún gil": otra confesión con Mauro Szeta

A los 9 años empezó a robar autos rompiendo los vidrios con una gomera y una bujía.

Sebastián Oscar Díaz, “El Gordo Seba” (43 años), fue condenado por dos robos simples y un encubrimiento agravado. Le dieron cuatro años de prisión, lleva dos detenido.

Nació en San Martín, en el barrio Sarmiento, su padre trabajaba en Segba y su madre era ama de casa. Él es el mayor de cuatro hermanos, fue el único que delinquió. “Me declaré rebelde sin causa”, dice. Cuando privatizaron Segba, Al padre lo echan y empieza a trabajar como vendedor ambulante, “a los ocho años ya lo acompañaba a mi papá a vender”, recuerda. Su padre era alcohólico y la golpeaba a la madre, “presencié muchas golpizas, todavía me acuerdo el dolor que sentía con los golpes que me daba, una vez me lanzó una cuchara de albañil que quedó incrustada en la jarra de plástico que yo llevaba. No me mató de suerte”, cuenta. Fue al colegio primario y luego abandonó.

A los 9 años empezó a robar autos rompiendo los vidrios con una gomera y una bujía. Más adelante, en plena adolescencia, encontró en la guantera de un auto robado una pistola Ballester molina 45, debajo del corredor decía “Ejército Argentino”, se lo llevó y se subió al primer colectivo que pasaba para escapar. “Desde ese momento, empecé mi carrera delictiva de caño”, recuerda. Fue adicto a la cocaína y a las pastillas.

Pasó a robar locales a meterse en las casas, “una casa es una caja de sorpresas, debajo de los colchones hay cosas raras, te podés encontrar cualquier cosa: desde plata hasta consoladores o cazones sucioes. Ahora ya no se usan más los colchones, se usan más los placards con doble fondo; después del corralito del 2001 la gente empezó a tener la plata en la casa, están regalados. Mi laburo era salir todos los días a las 6 de la mañana con un overol, una mochila y un 33 corto y ver qué me cruzaba”, relata. Se tiroteó varias veces con la policía y recibió varios disparos.

El Gordo Seba robaba solo, cuando cayó detenido por primera vez tenía 18 años e inauguró la Unidad 28 de Magdalena. Cuando salió se juntó con un grupo de delincuentes para hacer piratería del asfalto, “en esa época no había mucha logística, se caminaba la ruta no había data interna, me acuerdo que cruzamos un camión de chapas sin costura que calculo iría para Techint. Me quedé de ese robo 160mil pesos de astilla, con eso me compré casa y coche”

Estuvo en el motín e incendio de Magdalena de 2005, él estaba justo en el pabellón que estaba enfrente. “Esa noche me quisieron matar por un problema que había tenido en la calle, me dieron un arponazo; un compañero me salvó y lo mató”, recuerda. En la cárcel es un preso conocido, fue problemático “imagínate que yo me llegué a dar a mí mismo con la picana para que me den un traslado, era un bardo”, dice. Tiene dos tatuajes en la cara que recuerdan la muerte de dos compañeros.
“Esta vida no es para nadie, pero no sé por qué soy tan cabeza dura. Quiero que mis hijas sepan que estoy arrepentido”, asegura.

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