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Portada  |  06 noviembre 2019

"Yo, la bonita" otra confesión en primera persona con Mauro Szeta

Te contamos la historia de Karen Ávalos, alias “La Bonita”. Tiene 23 años y está presa porque fue condenada por robo agravado por el uso de arma de fuego a cinco años y seis meses de prisión. Lleva cuatro años detenida. Es su segunda causa, la primera también fue por robo.

"La Bonita" se crió en La Matanza, en el barrio Las Antenas. El padre estuvo ausente y sólo su madre se hizo cargo de su crianza, tiene 12 hermanos, ella fue la quinta; tres de sus hermanos también están detenidos. 

La madre para sostener a la familia limpiaba casas y hacía changas a cambio de comida. Karen fue al colegio sólo hasta sexto grado y luego abandonó para empezar a trabajar en una zapatería.

Ya a los 12 años empezó a cortarse los brazos y a los 15 años tuvo un intento de suicidio: se arrojó desde el puente de General Paz, sobrevivió y la derivaron a un neuropsiquiátrico, allí estuvo un mes internada.

A los 14 años, mientras trabajaba en la zapatería, su prima la convenció para ir a robar con ella. Le pidió que la acompañe a participar en un robo a una fábrica con un grupo de compañeros, ella aceptó. De la fábrica se llevaron un botín muy grande, a ella le quedaron 80 mil pesos. Sintió que robar era sencillo y comenzó a robar sola.

“Para esa altura yo ya había visto varios fierros, mi hermano mayor había tenido muchos quilombos en la villa y para mí ver armas era algo común”, cuenta. También empezó a tomar pastillas y alcohol, aunque asegura que nunca robó drogada.

Comenzó a robar todos los días, dejó la zapatería y empezó a “formar” a varios pibes del barrio en el mundo de la delincuencia. “Yo los avivaba de que era mejor salir a robar que hacer otra cosa.

Cuando formaba a los pibes para delinquir sentía adrenalina. Le pusimos “La banda de la esquina” y llegamos a ser más de 15. Yo manejaba al grupo y decidía quien venía a los robos. Siempre venía el más capacitado”, dice con cierta jactancia.

En un robo a un local de ropa tuvo que pegarle violentamente al dueño que no quería entregar la plata. La primera vez que cayó detenida fue luego de un robo a un local, adentro había un policía de civil que la detuvo.

“A mí me gustaba ajustar. Los pibes a veces me tenían que parar porque arrancaba sola. Yo era muy impulsiva, era la única mujer del grupo y la que mandaba”, cuenta.

En el barrio tuvo muchas denuncias, pero nunca robó a nadie. “Yo tenía broncas con otras bandas del barrio. A un amigo lo mataron, vinieron ocho con capuchas y metras y lo acribillaron por un tema de falopa. Cuando lo vi tirado, empecé a pedir una pistola para vengarme; me pararon. Con esa muerte me volví una maldita, a todos los que se drogaban en el barrio los corría a facazos. Una vez la lastimé a una piba que me hizo frente”, recuerda.

“La diferencia entre otras internas y yo, es que yo no me hice acá adentro. Yo me formé en la calle. A mí no me gusta la antichorra, ni el que solo pelea con faca. Yo no voy contra las presas, voy contra la poli. Estando en cana tuve barios bondis con otras presas, a mí me quisieron matar con 220 voltios: te tiran agua por debajo de la puerta de la celda y te meten electricidad y quedas seca; cuando veo que entra agua yo me subo a algún lado que no sea metálico”, asegura.

En esta causa la atraparon en su casa luego de un allanamiento, dice que la venían siguiendo por estar muy “escrachada” por las cámaras; ella venía de un robo en CABA.

“No me arrepiento de nada, porque de todo esto aprendes un montón; aunque no creo que si salgo vuelva a robar”, asegura.

Tiene más de veinte tatuajes en el cuerpo y el dibujo de los cinco puntos (antipolicía) en un tobillo.

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