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Portada  |  10 febrero 2020

Techo rodante

Ellos viven en una casa rodante o en un motorhome, pero no están de vacaciones. Tampoco disfrutan recorriendo el país. Lo suyo no fue fruto del placer. Fue consecuencia del algo más amargo: la necesidad.

Hace diez años Alejandra y Charly vivían junto a sus tres hijos en una confortable casa alquilada en Colegiales hasta que una noche todo cambió de golpe. Una comisión policial apareció con una orden de desalojo –a raíz de un litigio judicial que tenían los dueños- y fueron a parar a la calle.

Apenas si les dieron unas horas para retirar sus cosas. Lo suficiente como para transportarlas a un motorhome que habían comprado unos días antes con la idea de usarlo para pasear.

Su vida se vio alterada, pero de a poco se acostumbraron a las nuevas condiciones. Tanto que cambiaron varias veces de motorhome y, por ahora, no está en sus planes mudarse a una casa.

Sus hijos van a la escuela y hacen una vida como cualquiera de sus compañeros, aunque a veces los miren raro. “En la escuela algunos chicos no entendían cuando les decíamos que vivíamos en un colectivo”, dice Rocío, quien al igual que sus hermanos, Carlos y Estrella, toca varios instrumentos.

Por eso el sueño de la familia es convertir el defecto en virtud. En algún momento quieren recorrer el país con el motorhome y parar por los pueblitos más remotos para compartir las canciones que compusieron entre los tres chicos.

Walter se separó hace dos años de su mujer y, como no podía pagarse un alquiler, decidió invertir sus ahorros en una casa rodante. Así no sólo encontró una manera de evitar el alquiler. También de no gastar en viajar al trabajo. ¿Por qué? Porque instaló la casa rodante en la puerta del taller del barrio de Saavedra donde trabaja como mecánico.

“Al principio fue duro, la verdad. Pero con el tiempo me fui acostumbrando. Ahora hasta mis hijos me vienen a visitar a mi casa rodante”, cuenta Walter.

Más difícil es la situación de Paola y Carlos, a quienes la crisis les impidió seguir afrontando el alquiler y viven junto a sus dos hijas en un colectivo al costado de la General Paz, en Sáenz Peña.

De a poco lo fueron acondicionando y se transformó en una “casa”, aunque con muchas limitaciones. “Instalamos paneles solares y con eso, aunque sea, tenemos algo de energía eléctrica”, explica Carlos para quien la vida que llevan no tiene nada de romanticismo.

“La verdad que no vemos la hora de volver a tener una casa. Encima de noche es muy peligroso en esta zona”, sostiene.

Es que se puede vivir en un “techo rodante”. Pero no por eso todo anda sobre ruedas.

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