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Portada Informes Especiales  |  09 octubre 2018

#PasadeNoche Poseídos: umbandas en el cementerio

Como todos los viernes a la noche, la mai Alejandra tiene mucho trabajo. En un templo umbanda de Lomas del Mirador recibe a los vecinos que buscan alejar los males que los afectan a través de un ritual de “limpieza” que dura horas y termina en la puerta del cementerio con el sacrificio de un gallo. Y hasta ahí fuimos para ser testigos privilegiados de este tipo de ritual.

La cámara de Pasa de Noche acompañó toda la sesión, que comenzó con el sonar de tambores y la quema de inciensos en medio de una pequeña sala poblada de figuras alusivas a la religión, botellas de whisky, caña y sidra, y bolsas con pochoclo (ellos lo llaman por su acepción portuguesa: pipoca), papines y costillas de cerdo.

Apoyadas en el piso, tanto las bolsas como las botellas son pasadas por todo el cuerpo de los clientes que acercaron al templo angustiados por distintos problemas, aunque para la mai son todos víctimas de algún “trabajo” que hizo que se les pegara un “egun” oscuro, algo así como un alma nociva, según la religión umbanda.

La ceremonia necesita de la aparición de las “entidades” y entonces, mientras suenan los tambores, la mai Alejandra cambia repentinamente el tono de su voz y comienza a pronunciar palabras extrañas, algunas de ellas en portugués. Su “entidad” es una pompa llamada Rosa Vermelha.

Lo mismo le sucederá a su marido, el pai Jonathan, que asume la “entidad” de un exu Tranca Rua das Almas, y a otros dos integrantes del grupo. Para recibir a la “entidad”, todos se colocan un sobrero, y, en el caso del pai, también una larga capa blanca.

Pero todo el ritual no puede realizarse si también no se hace “la apertura de caminos”, una forma de limpiar la casa donde funciona el templo. Para eso en plena noche las cuatro “entidades” caminan de una esquina a otra de la cuadra mientras arrojan pochoclo y el pai va regando la zona con bebidas alcohólicas que ingiere y luego escupe.

De repente, empieza a sonar la alarma de la cuadra. Una vecina explica que ellos la activan porque más allá de que respeten la libertad de culto, no pueden tolerar los ruidos molestos que causan los cantos y los tambores. Minutos después, los tambores dejarán de sonar, pero no por el reclamo de los vecinos.

Las “entidades” se retiran, cada uno vuelve a ser quien era y lo que falta es el trabajo final: hacer un despacho en el cementerio.

El grupo se dirige al cementerio de San Justo, donde para agradecer a las almas dejan en la puerta, sobre una manta blanca, botellas con diferentes bebidas alcohólicas y cigarrillos encendidos. Después, el pai toma un gallo y lo pasa por todo el cuerpo de las personas para que absorba sus males.

El gallo finalmente será sacrificado y arrojado dentro del cementerio junto con las bolsas con que había comenzado el ritual. Es que, según la creencia, las almas son utilizadas para hacerles el mal a las personas. Y el sentido es devolvérselo. Cuestión de fe.

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