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Portada Informes Especiales  |  02 noviembre 2018

"He Vivido": todavía hablamos de amor

Historias y secretos de quienes llegaron en plenitud a la vejez. Informe de Erica Fontana.

RUBEN LOBO Y NATALIA (CUTI)
Rubén nació en Tucumán en un pueblo que se llama Fronterita, el papá era director de un ingenio. Se crio junto a sus hermanos y recuerda a una madre muy severa. Siempre fue muy deportista, en su infancia se la pasaba nadando en el río. En 1954 vino a Buenos Aires a probar suerte como tornero.

Conoció a “Cuti”, Natalia, porque ella era vecina de la hermana de él en Buenos Aires. Cuti veía cómo él hacía malabares con la pelota y estaba obnubilada; él la había visto varias veces pasar por la puerta de la casa y cada vez que la veía comenzaba con su show para llamar la atención de ella. Estuvieron tres años de novios y luego se casaron, llevan juntos 52 años. Tuvieron dos hijos: Sergio y Nancy.

Ruben trabajaba todo el día y luego hacía changas, con sus manos levantó gran parte de la casa que hoy habitan; cuando tenía un rato libre jugaba al fútbol o entrenaba de alguna manera. Durante un tiempo se dedicó a practicar boxeo de forma amateur. Cuti cuidaba a los chicos y mientras tanto decoraba la casa con algunas artesanías que hacía con material descartable.

En el 2001, con la crisis económica, Rubén se quedó sin trabajo y el corralito con sus ahorros de toda la vida. Mediante su sobrino consiguió un empleo en Miami. Primero viajó él y al poco tiempo se sumó Natalia. El trabajo era controlar las terminaciones de las mansiones que realizaba una empresa constructora. Estuvieron seis meses allá, Cuti no aguantó estar lejos de sus hijos; su hija estaba embarazada. Volvieron a la Argentina.

La tragedia llegó a su vida al poco tiempo, Sergio murió en un accidente con su moto cuando iba a disputar una final de futbol con su equipo; sin saber de su muerte el equipo ganó el campeonato y le dieron la copa a Cuti y Rubén. Sergio había adoptado de su padre la pasión por el deporte, era taekwondista. Semanas antes de su muerte, en una charla de padre e hijo, Sergio le había propuesto a Rubén empezar juntos Aikido, no llegaron. Con el dolor de su muerte a cuestas, un día Rubén caminaba por su barrio y descubre un centro de artes marciales donde se practicaba una disciplina que desconocía: Kempo.

Recuerda haber pensado que era similar al Aikido y se anotó, a las clases y peleas iba con el protector y los guantes de su hijo fallecido. Desde el día que se anotó hasta la actualidad pasaron 14 años, sólo perdió una pelea, el resto las ganaba y se las dedicaba a Sergio; ganó decenas de torneos entre los que se destacan los Panamericanos y la Copa de las Naciones.

Hoy Rubén y Cuti siguen juntos con el amor del primer día, Nancy les dio dos nietos que son su perdición. Sergio está presente en cada rincón de la casa y cada vez que Rubén gana una pelea.

LUCAS, UN PIBE DE 92 AÑOS

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Nació en Italia, en un pueblito de Udine llamado Teor, que está a 70 km de Venecia. A sus dos años de vida, sus padres vinieron a probar suerte a la Argentina y como no tenían dinero para llevarlo con ellos, tuvieron que dejarlo al cuidado de su abuela. Lucas recuerda una niñez traumática por los siete años de ausencia de sus padres.

Su padre había conseguido trabajo en la fábrica de Terrabusi y ni bien juntaron el dinero, la madre volvió a buscarlo. Siete años después de la despedida, llegó de sorpresa a la casa donde Lucas vivía con su abuela. Su madre le preguntó si sabía quién era y él le contestó: “Sí, mi mamá”.

Lucas llegó a la Argentina y sus padres habían comprado una casa en Pompeya, una de las zonas más tangueras Buenos Aires, lugar que marcaría su vida. Se crio cruzándose a Homero Manzi y otros próceres del Tango. Al pueblito de su infancia pudo volver hace cuatro años atrás, a los 89 años y asegura que todo estaba igual.

“Mi casa era embajada italiana en Buenos Aires”, dice riéndose refiriéndose a que todos los familiares y conocidos que llegaban desde Italia iban a vivir a su casa.
Empezó a trabajar de muy chico en un taller mecánico y luego en una fábrica de vidrios. A su mujer dice que la conquistó “de guapo”, ella era patinadora en un club de barrio y era muy bella, él se destacaba por los trajes que le hacía un tío que trabajaba como sastre en Gath & Chaves.

Estuvieron seis años de novios, se quisieron casar a los cuatro años, pero él tuvo un accidente en moto por el que tuvo que suspender la boda y postergarla por dos años. Estuvieron 61 años casados hasta que ella falleció años atrás. Tuvieron tres hijos, el primero falleció al año de vida por sarampión y dos hijas más que hoy son docentes y le dieron varios nietos.

De muy joven se hizo amigo de Alfredo Prada, el boxeador archirrival de Gatica. Lo acompañó en toda su carrera y la madre de Lucas le daba de comer cuando no tenía un peso.

Con los años también entabló una suerte de amistad con Gatica, sobre todo durante la última etapa cuando no tenía un centavo y trabajaban junto a Prada en los bares para atraer gente. Dice que estuvo con Gatica días antes de su muerte absurda, atropellado por un colectivo.

Lucas tiene varios hitos en sus 93 años de vida: fundó el club Florencio Sánchez y, además, fue uno de los creadores de la línea de colectivos 91.

Hoy está jubilado y su último trabajo fue como empleado en una reconocida marca de salchichas. “La vida me trató mejor que ninguno”, dice sonriendo. Dedica su tiempo libre a realizar diseños con maderitas de monumentos emblemáticos en escala, mientras escucha tango a todo volumen; D´arienzo y Pugliese son sus preferidos. Además, todos los días se va con sus amigos al bar para recordar los viejos tiempos.

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