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Informes Especiales

Portada  |  06 mayo 2019

Del pueblo a la ciudad: así viven las chicas de la "Residencia"

Llegar a la gran ciudad con muchos sueños y metas por cumplir. Eso es lo que traen ellas en su espalda, pero además la responsabilidad de estudiar una carrera, formarse y tener una profesión para el resto de su vida. De crecer, de administrarse económicamente, de aprender a ser adultas, de formarse como personas.

Ellas son las chicas del cuarto piso. Vienen desde distintos puntos del país a estudiar a Bs As. Se conocieron porque sus papás decidieron que vayan a una residencia estudiantil de monjas para que no estén tan solas y hoy viven con 14 chicas más que son grupo de contención tanto para los momentos de festejo como para los fracasos. Y hasta la Residencia San José, del barrio de Recoleta llegaron, llenas de preguntas e ilusiones. 

Ni bien llegaron a la gran ciudad, usaban el gas pimienta como su aliado frente a la inseguridad, corrían por la calle para que nadie les robara, sobre todo de noche, cuando volvían de hacer distintas actividades, pero cuando fue pasando el tiempo se dieron cuenta que no todo lo malo que escuchaban en la tele pasaba en la cuadra en la que vivían, que no era tan peligroso moverse solas y que tenían que cuidarse, pero no era la "ciudad de la furia", como les habían dicho.

Sofía es de Cipolletti, vino a estudiar psicología en la UBA, cuando llegó no sabía viajar en subte y menos cocinar, pero en la residencia encontró grandes amigas con las que asegura “va a seguir siendo amiga el resto de la vida”.

Georgina estudia medicina, viene de Neuquén y en la “Resi” como la llaman, aprendió entre otras cosas a compartir todo. “El primer día que llegué una chica que no conocía me dijo que sabía que tenía queso en la heladera, si podía prestarle un trozo. Yo me quería morir, pero por adentro pensé, algún día vas a necesitar algo y con mi mejor cara le dije: claro! agarrá lo que necesites”.

También los pasillos se transforman en desfiles de modas y en placares vivos de donde cada una saca la ropa que necesite para la salida del fin de semana. Entre ellas se cuidan y se acompañan, son las amigas, las madres, la familia que tienen lejos de su casa.

Carmela se pasó el primer año llorando todas las semanas, iba a la cocina, donde es el lugar de encuentro para todas, a pedir que le den un abrazo para atravesar la tristeza que estaba pasando.

Mili viene de Posadas, nunca se había tomado un colectivo, “no lo necesitaba, mi mamá me llevaba a todos los lados con el auto. El primer día que fui a la facultad me acompañaron mis papás e hicieron el recorrido conmigo, me enseñaron donde tomar el colectivo, como cargar la sube y donde apoyarla”.

En el calendario que está en su escritorio hay una frase que llama la atención: “Sólo quedan 3 años” es la forma de darme ánimo cuando no tengo ganas de estudiar o cuando extraño mi casa o mis amigas, es la manera que tengo de saber que falta menos, todos los días un poco menos.

Una de las primeras cosas que le compró Gaby, su mamá, fue un balde y todos los productos para lavar la ropa. Nada de todo eso lo usó hasta el día de hoy ¿Y la ropa? Se lava en el lavadero.

Ellas 15 comparten materias aprobadas, enojos con profesores, tristeza y angustia por los amigos y la familia que están lejos y sobre todo se acompañan en cada paso que dan en la gran Ciudad.

No es fácil, dice Guada, pero acá estamos, sin prejuicios, porque todas estamos en la misma y todas compartimos el mismo sueño.

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