*

Informes Especiales

Portada  |  06 marzo 2019

Contratados por un día: Roberto Funes Ugarte se prueba como hornero

No tienen un sueldo fijo, cobran 50 centavos por ladrillo y hacen unos 2500 por día en agotadoras jornadas desde la madrugada hasta la tarde.

Sin ellos no existirían las ciudades tal como las conocemos. Se los llama “horneros” y fabrican los ladrillos que son la base para la construcción de las casas y edificios. Detrás de cada pared que se levanta está presente su trabajo, un trabajo duro y sacrificado que se desarrolla bajo condiciones extremas. Y en una nueva entrega de Contratado por un Día, Roberto Funes Ugarte lo comprobó con su propio cuerpo en un horno de Cucullú, en el partido de San Andrés de Giles.

Los hornos de ladrillos tradicionales están diseminados por todo el país, pero como es un trabajo donde predomina la informalidad es imposible obtener datos sobre la cantidad de “horneros” que hay. Lo que sí se sabe es que la mayoría de ellos proviene de Bolivia o de provincias como Santiago del Estero, Corrientes y Entre Ríos.

Muchos son trabajadores golondrina, ya que aprovechan la temporada fuerte de la producción de ladrillos, que comienza con el verano y se extiende hasta abril, para luego volver a sus lugares de origen o migrar a otras zonas en busca de un nuevo medio de vida.

Es que no tienen un sueldo fijo. Cobran, en promedio, 50 centavos por ladrillo y hacen unos 2500 por día en agotadoras jornadas que comienzan a las 5 de la madrugada y terminan a las 6 de la tarde.

Con eso redondean un ingreso de 18 mil pesos mensuales, ya que los días de lluvia, y a veces también los posteriores, no pueden trabajar, porque, como lo hacen a cielo abierto, el barro queda demasiado mojado para moldear los ladrillos.

El trabajo es muy desgastante. Son muchas horas bajo el sol en pleno verano, cargando carretillas con 50 kilos de barro mezclado con bosta de caballo y aserrín, para luego cortarlo a mano pelada –muchas veces se lastiman con vidrios o diversos objetos- con la ayuda de moldes que miden 25 centímetros de largo por 12,5 de ancho y 6 de alto.

El paso siguiente es dejar el ladrillo al sol para que se airee y dos o tres días después, ya seco, cocinarlo durante horas en hornos armados artesanalmente, donde la temperatura alcanza los 1000 grados centígrados y provoca que adopten el color anaranjado que los caracteriza.

Es tal el calor que se siente, incluso estando a unos metros de distancia, que muchas veces les causa problemas de salud. Marcelo, capataz del horno, le contó a Funes Ugarte que a raíz de eso sufrió una pérdida de la visión.

También son típicos los problemas lumbares debido al peso que deben cargar y a la gran cantidad de horas que permanecen parados, amasando el barro hasta convertirlo en ladrillo. Así pasan buena parte de sus vidas. Casi como autómatas. Como si fueran, curiosamente, “otro ladrillo en la pared”.

Comentarios