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Portada Informes Especiales  |  31 enero 2019

Contratado por un día: Roberto Funes Ugarte se prueba en un call center

Son lo más insultados, todos les dicen que no y trabajan con una tensión permanente.

Ya son parte de nuestra vida cotidiana. Después de todo ¿quién no recibió alguna una vez una llamada de alguien que le quiere vender algo o se comunicó furioso con algún representante de atención al cliente de una empresa de servicios?

Sin embargo, son como fantasmas. Apenas voces, muchas veces hasta con acentos extraños, que llegan a través de una línea telefónica. ¿Cómo será la oficina donde trabajan? ¿En qué lugar del mundo quedará? ¿Cómo serán esas personas que se ganan la vida en los call centers?

Para averiguarlo, en una nueva edición de Contratado por un día, Roberto Funes Ugarte se convirtió en uno de ellos. Y descubrió lo difícil que es ser parte de un trabajo que no sólo está bastante mal remunerado, sino que exige soportar insultos, humillaciones y toda clase de maltratos.

Es que los trabajadores de los call centers son el blanco predilecto de la bronca de la gente que se comunica para quejarse por problemas con las empresas de servicios y, aunque cueste creerlo, muchas veces también de las personas a las que llaman simplemente para tratar de venderles algo.

De acuerdo con los datos de la Asociación de Trabajadores Argentinos de Centros de Contacto (ATACC), en el país hay 60 mil empleados registrados en call centers, la gran mayoría de ellos concentrados en la Ciudad de Buenos Aires y Córdoba, y, en menor medida, en Rosario, Tucumán, Mendoza, Chaco y Salta.

Del total, el 80 por ciento son mujeres jóvenes, que trabajan entre 4 y 6 horas por día a cambio de un sueldo promedio de 17 mil pesos, al que, en algunos casos, se les suman comisiones por ventas u objetivos cumplidos.

Suele ser el primer empleo para entrar al mercado laboral, ya que no siempre se necesita tener experiencia previa y, al tener una carga horaria de medio día, les permite, a quienes cursan la universidad, tener tiempo para estudiar, solventar sus gastos y también colaborar con la economía familiar.

Pero como hay pros, también hay contras. Recibir o efectuar entre 100 y 120 llamadas telefónicas por jornada tiene su precio. Un relevamiento de la ATACC demostró que la gran mayoría sufre, a causa de las vibraciones y las malas posturas, dolencias en músculos, articulaciones, huesos y tendones, sobre todo en manos y muñecas.

También es frecuente la pérdida de la capacidad auditiva, sentir zumbidos y padecer estrés, trastornos de ansiedad, agotamiento, irritabilidad e incapacidad de concentración.

Teresa, que tiene 23 años y trabaja en un call center que vende un servicio de emergencias médicas, le contó a Funes Ugarte que cuando llega a su casa no quiere tener contacto con nadie. “Mis padres y mis hermanos ya saben que tienen que cenar antes de que yo llegue, porque yo no quiero hablar con nadie. Como y me encierro en mi pieza”, contó.

Lo mismo les sucede a sus otras compañeras de oficina. Tanto que después de salir del trabajo no atienden el teléfono por unas horas y ni siquiera escuchan los audios de Whatsapp. “En ese momento odio el teléfono. Lo único que quiero hacer cuando salgo es comer y mirar la tele”, explicó Sabrina.

Así de ardua es la rutina de los empleados de los call centers. Es que, aunque no los veamos, son más que una voz en el teléfono.

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