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Portada  |  10 octubre 2019

Contratado por un día: Roberto Funes Ugarte se prueba como jardinero

En general se lo considera una changa. Un rebusque. Pero nada es tan simple como parece. Tampoco la jardinería. Desmalezar un terreno o tener que treparse a árboles de más de treinta metros de altura y podarlos con una motosierra no sólo es una tarea compleja. También, muy riesgosa. Y en una nueva entrega de Contratado por un día, Roberto Funes Ugarte le puso el cuerpo.

Como parte de una cuadrilla de la empresa Verde Total, de Pilar, tuvo que desmalezar un terreno, cortar el césped de una cancha de fútbol y podar un plátano seco por la caída de un rayo.

No existen datos oficiales sobre qué cantidad de jardineros hay. Lo único que se sabe es que el Sindicato Unido de Trabajadores Jardineros cuenta con apenas 3.500 afiliados. Nada si uno imagina la cantidad de jardineros que debe haber en todo el país.

Lo que sucede es que la inmensa mayoría pertenece al sector informal de la economía o, en el mejor de los casos, está inscripto como monotributista.

Y del total de jardineros sindicalizados solo el 1% son mujeres. Se dedican a la parte menos pesada del trabajo, la que tiene que ver con el mantenimiento y cuidado de las plantas.

De acuerdo con el convenio colectivo, los jardineros trabajan 44 horas semanas a cambio de un sueldo promedio de 30 mil pesos mensuales, que muchas veces superan haciendo horas extras.

Es muy común que sufran problemas lumbares por el esfuerzo que deben hacer al operar las máquinas desmalezadoras y bordeadoras. Pero no es la única amenaza con la que conviven. Las caídas o los cortes con la motosierra completan el podio de los accidentes laborales.

Germán puede dar fe de eso. En su mano conserva desde hace años la cicatriz de un corte profundo que sufrió con una motosierra que se le movió accidentalmente mientras podaba un árbol.

La poda es la tarea más difícil. Porque a veces tienen que trepar hasta 30 metros de altura y, además, en esas condiciones de tanta inestabilidad, accionar la motosierra. Un árbol exige dos horas de trabajo a cargo de tres obreros. Por eso es lo que más caro se cobra. Doce mil pesos, en promedio.

Antonio es un misionero que hace diez años llegó a Buenos Aires para cumplir su sueño: conocer la cancha de River. Pero cuando llego a la ciudad se reencontró con un amigo de su pueblo que tenía una empresa de parquizaciones y le ofreció trabajo. Antonio lo aceptó, se quedó a vivir y se convirtió en jardinero.

Él está ileso hasta ahora. Y eso que empezó mal. Su primer día de trabajo casi termina en una tragedia. “Me subí a la máquina de cortar césped, pero no sabía bien cómo manejarlo. Y no encontraba el freno. Lo cierto es que andaba cada vez más rápido y no sabía qué hacer. Terminé con la máquina y todo adentro de una pileta. Por suerte no había nadie bañándose”, cuenta en un “portuñol” que delata su crianza en la frontera con Brasil.

Son historias y anécdotas de un trabajo que parece simple. Pero como sucede muchas veces con las apariencias: engaña.

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