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Clima, naturaleza y medio ambiente

Portada  |  31 agosto 2020

El delta arde: estiman que hay unas 200 mil hectáreas bajo cenizas

Según la agrupación El Paraná no se Toca, el área afectada por los incendios representa unas once veces la superficie de la ciudad de Rosario.

"El río se prende fuego", pensó por un momento el hombre cuando se acercó a la costa ahogado por el humo. Alrededor de su casa las llamas habían alcanzado las copas de los árboles y, por primera vez, pudo ver cómo la madera estallaba en miles de chispas y las cenizas encendidas volaban hasta la otra orilla del riacho de Boca de la Milonga. El mareo, el calor, el humo, el vapor de agua completaban el oxímoron: el agua ardía.

La semana pasada, los incendios que desde el verano castigan al delta del Paraná se acercaron hacia sus zonas más pobladas. Según calculan desde la agrupación El Paraná no se Toca, el área afectada por las llamas alcanzó alrededor de 200 mil hectáreas, unas once veces la ciudad de Rosario. Bajo fuego quedó una décima parte de los humedales alcanzados por la protección del plan para la conservación del delta (Piecas), estimado en 17.500 kilómetros cuadrados.

"Es difícil encontrar cifras confiables sobre el total del área quemada en el delta. Tenemos un cálculo bastante conservador establecido a partir de la cantidad de focos de calor detectados desde principio de año", explica Jorge Bártoli, referente del grupo ambientalista que desde hace años exige una solución a las tensiones ambientales generadas en las islas.

Sobre lo que no queda lugar a dudas es que por donde pasan las llamas dejan tierra arrasada. "Las pérdidas en cuanto a biodiversidad son casi totales. Algunas especies podrán escapar del fuego para desplazarse a otras áreas, pero recuperar lo consumido por las llamas llevará años", apunta.

Recorrer la zona del arroyo de la Milonga o de Isla Deseada pone imágenes a esa sentencia: hay ranchos convertidos en virutas de chapas retorcidas, colmenas hechas carbón y cenizas, árboles secos que siguen de pie y, por todos lados, una tupida y mullida capa gris de cenizas que cubre el suelo.

El estupor y la bronca

La Boca de la Milonga tomó su nombre por el boliche que durante muchos años hizo bailar a quienes viven en la isla. Fabián Verón llegó al lugar hace 40 años, cuando el bar con piso de tierra ya no estaba. Allí construyó su casa, sobre pilotes y a la vera del arroyo, allí conoció a su mujer, hizo pareja y crió hijos. El sábado 22 de agosto estuvo a punto de perderlo todo. El fuego rodeó el patio de la vivienda y siguió de largo. "Nunca habíamos visto algo así, estaba todo tapado de humo. Por suerte tenemos el ranchito que no se nos quemó, con la lucha que cuesta hacer una casita para estar acá", se queja cuatro días después mientras agradece a la "cantidad de muchachos" que se acercaron para ayudarlo.

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