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Portada  |  05 julio 2016

Vivir sin techo: el drama a la intemperie

Dos familias a la intemperie que luchan por salir adelante. Informe de Nacho Girón.

“Quiero salir adelante, quiero dejar de estar pidiendo, quiero dejar de dar lástima”. La frase la esboza entre lágrimas y al borde de la desesperación Patricia, una mamá de seis chicos a quien no le quedó otro destino junto a su marido Yamil que el de la calle, cuando se quedaron sin techo en abril.

La familia alquilaba una vivienda en Florencio Varela, pero Yamil  se quedó sin trabajo y las cosas se pusieron de mal en peor. Luego de permanecer varios días a la intemperie junto a sus hijos se quedaron sin nada y tuvieron que salir a pedir para vivir y también para sobrevivir. “Una madre quiero lo mejor, pero a veces está a tu alcance y a veces no”, dice Patricia, en un relato tan crudo como real.

Patricia y Yamil son el rostro de muchos otros que también –como ellos– se encuentran en la misma situación. Según datos de la ONG Proyecto Siete, al menos 100.000 personas se encuentran sin techo. De ese total, 20.000 personas se encuentran en la Ciudad, mientras que 6.500 están en la calle y 8.000 tienen subsidio habitacional.

“Quiero que las cosas cambien”, dice Patricia, mientras los ojos se iluminan de esperanza y también de tristeza. Es que la familia fue alojada por una ONG en un hotel que funciona como albergue. Sin embargo Patricia y Yamil siguen desocupados, a la espera de conseguir un trabajo digno, con el cual poder mantener a sus hijos.

Ante la pregunta sobre qué esperan del futuro la frase se vuelve de nuevo tan cruda como real: “Me gustaría que mi marido tenga un laburo, que los chicos vayan al colegio. A veces ruego que esto no sea un sueño. No quiero que mis hijos caigan de nuevo en la calle, yo quisiera darles el mejor futuro y no puedo. Me siento mal como mamá”.

Patricia y Yamil son solo las caras visibles entre tantas otras que se encuentran en la misma situación. Como la familia Gómez que vive debajo de la Autopista 25 de Mayo. Geremías tiene tres años y no conoce otro lugar que el de la intemperie. No conoce otro lugar que el de los cartones y de las frazadas improvisadas a fuerza de ingenio como refugio, pero que nunca serán las de un hogar.

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