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Portada Informes Especiales  |  03 mayo 2018

"Trapitas": las nuevas dueñas de la calle

No tienen trabajo y encontraron a través del cuidado de coches una salida laboral para ayudar a sus familias.

Sol tiene 20 años y desde los 14 cuida autos en Palermo. Llueva o truene, todas las noches se para en esas calles tan transitadas de la ciudad para ayudar a su marido con algo de dinero para poder darle de comer a sus hijos.

Se acerca tranquilamente a cada auto y le cuenta al conductor su situación y le pide si puede ayudarla con algo mientras le cuida su auto. Sin poner un importe a su trabajo la gente la ayuda y las mujeres, sobre todo, confían en su tarea por una cuestión de género.

Sol vive en Burzaco, todos los días viaja tres horas para llegar a su lugar de trabajo y alrededor de la una de la mañana regresa a su casa. Elige este horario porque de esa forma durante el día puede cuidar a sus hijos mientras su marido trabaja.

Dice que le encantaría poder trabajar de otra cosa, pero que no pudo terminar el colegio y le es difícil conseguir un trabajo “formal”. Al ser mujer cuenta que  más difícil estar en la calle y que se encontró varias veces con circunstancias difíciles, pero por suerte sus compañeros de trabajo la respetan y la ayudan cuando algo se complica.

Romina tiene 34 años, trabaja en Avellaneda porque es de ese barrio, y hace tres años, desde que salió de la cárcel, encontró una forma de no volver a robar y de conseguir dinero para mantener a sus hijos. Cuida coches de las dos canchas, la de independiente y de la Racing. Y hasta tiene clientes fijos: los que siempre estacionan en “su” calle y en el mismo orden.

Igual que Sol, Romina también se tuvo que hacer respetar y ganar en una lucha “cuerpo a cuerpo” ese lugar para que nadie se lo ocupe. Cobra $100 por estacionar ahí, y aunque muchas veces la barra brava le pide una parte de su ganancia, ella se las rebusca con algún conocido para no pagarles.

Las dos con sus formas diferentes, sus necesidades distintas pero con las mismas ganas de progresar y salir adelante. Saben que éste no es el trabajo que les gustaría hacer, pero es el que tienen, el que les permite ganar algo de dinero para mantener a sus familias y salir adelante para el día de mañana darles un futuro distinto a sus hijos.

¿Es una contravención? Sí. Pero si ellas no trabajan, no comen. Por eso aseguran, las dos, que les encantaría estar regularizadas, que exista un registro, que no las persiga la policía y que la gente no las maltrate, pero todo eso es una gran expresión de deseo que aún no pudo hacerse realidad.



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